La ganadería de La Olivilla vuelve a situarse en el foco este sábado con motivo de la final del Alfarero de Plata de Villaseca de la Sagra, una de las citas más exigentes del escalafón sin caballos. Su responsable, José, asume el compromiso con una mezcla de orgullo y responsabilidad, consciente de lo que supone lidiar en un escenario donde, como él mismo señala, “confían en ti”, lo que convierte la cita en “una responsabilidad muy grande”.
Para el ganadero, estar presente en la final no es solo un reconocimiento, sino también una prueba. Los novilleros, apunta, llegarán “con toda la ilusión puesta en triunfar”, lo que incrementa el peso del ganado en el resultado final. Esa exigencia marca también la preparación de una novillada trabajada desde el invierno, en un año especialmente duro. “No es fácil que los animales lleguen rematados y con ese trapío en estas fechas”, explica, subrayando el esfuerzo constante en alimentación, manejo y sanidad.
Villaseca impone su sello. La plaza exige un novillo serio, con volumen, “como si fueran Las Ventas”, en palabras del propio ganadero, lo que obliga a anticipar tiempos y cuidar cada detalle. Pese a las dificultades —lluvias persistentes, retrasos en el ejercicio o contratiempos en el campo—, la camada llega, asegura, “muy bien presentada, fuerte y en condiciones óptimas”.

El momento de La Olivilla invita al optimismo. José considera que la ganadería atraviesa “quizá el mejor momento desde que comencé”, apoyado en una temporada pasada de gran nivel. Aun así, no pierde de vista la incertidumbre del toro bravo: “Aquí las matemáticas no existen”, advierte, recordando que el campo siempre guarda su parte imprevisible.
En cuanto al concepto, la ganadería ha evolucionado desde sus raíces en Osborne hacia un cruce más abierto, incorporando líneas que aportan mayor entrega y profundidad. El objetivo es claro: adaptarse a las exigencias actuales. “Hoy se busca un animal que humille mucho, que gatee, que tenga esa flexibilidad”, explica, definiendo un tipo de embestida más acorde al toreo contemporáneo.
Ese criterio se traslada al tipo de novillo que busca para Villaseca: bien presentado, fuerte y, sobre todo, con clase. En un certamen sin caballos, considera que ese es el factor diferencial: “la clase es fundamental para que el chaval se pueda expresar”, especialmente en una etapa en la que el oficio aún está en formación.
La elección del lote responde a esa idea de llevar “la cabecera de camada”, con animales que reúnan seriedad y condiciones. No en vano, el vínculo con Villaseca es especial. “Es mi segunda casa”, reconoce, valorando una plaza donde la afición es “muy exigente y muy entendida”. Allí, insiste, “no engañas a nadie”, lo que da aún más valor a cualquier reconocimiento.
“No es fácil que los animales lleguen rematados y con ese trapío en estas fechas”
Con todo, las sensaciones previas se mueven entre la ilusión y el respeto. José es consciente del alto nivel mostrado por las ganaderías en el certamen y del compromiso que supone cerrar la final. “Ahora mismo hay mucha ilusión, pero también muchos miedos”, admite, reflejando la dualidad que acompaña siempre al ganadero en la antesala del festejo.
Su deseo, sin embargo, es tan claro como ambicioso: “que los novillos embistan hasta por el rabo”, que permitan el triunfo de los novilleros y que la tarde tenga contenido. Aspira a una final competida, en la que todo encaje y el público disfrute. En definitiva, a que se cumpla la imagen que resume el sentido de su oficio: “que la gente salga toreando de la plaza y hablando de la tarde que ha visto”.







