Oreja
Oreja
Dos orejas
Oreja

Pablo Aguado convirtió la Maestranza en el escenario de una de sus tardes de mayor dimensión. Tres orejas, dos faenas de enorme expresión y una Puerta del Príncipe que se escapó únicamente por el descabello resumen numéricamente una actuación que fue mucho más que eso. Emilio de Justo paseó una oreja del primero después de una obra de personalidad y compromiso, mientras Roca Rey exprimió al quinto para arrancarle otro trofeo.
Aguado encontró en Iniciado un gran colaborador de Jandilla y dibujó una faena de aroma antiguo. La naturalidad presidió una obra que alcanzó sus cotas más altas sobre la diestra, toreando despacio, roto de muñecas y acompañando las embestidas con la cintura.
Hubo trincherillas, cambios de mano, kikirikí, pases de pecho y una expresión puramente sevillana que terminó de incendiar la plaza. Un espadazo puso en sus manos las dos orejas.
Pero todavía quedaba Peleador. El sexto tuvo clase, entrega y duración, y Aguado volvió a convertir sus embestidas en toreo. Desde las verónicas y aquella media de cartel en los medios hasta una faena ligada, vertical, profunda y llena de cadencia, todo tuvo el pulso de las grandes obras.
La Maestranza terminó entregada, entre palmas por sevillanas y gritos de «¡Torero, torero!». Tras una gran estocada, cuatro descabellos impidieron que las dos orejas abrieran la Puerta del Príncipe. El palco concedió una oreja ante una fuerte petición de la segunda.
También tuvo importancia la tarde de Emilio de Justo. El extremeño superó una peligrosa voltereta de Zaiteku para construir frente al primero una faena comprometida, buscando precisamente el pitón izquierdo por el que más se vencía el toro.
Hubo profundidad, personalidad y terrenos de enorme exposición antes de un espadazo que le valió una oreja. Con Zurrador volvió a mostrarse dispuesto desde la portagayola, aunque el toro terminó buscando tablas y la faena perdió intensidad. Fue despedido con ovación.
Roca Rey tuvo que esperar al quinto para encontrar el premio. Birlador, segundo, tuvo nobleza y buen son, pero terminó acusando el sometimiento del peruano, que lo exprimió sobre la diestra sin conseguir que la faena mantuviera el vuelo. Fue silenciado.
Con Campechano cambió el escenario. Dos cambiados de rodillas y una arrucina en los medios desataron el clamor antes de una faena de poder, mano baja y máxima exigencia. Cuando el toro comenzó a apagarse, Roca Rey todavía apretó en las cercanías y cerró de un espadazo para cortar una oreja.



