Vivimos tiempos en los que la sociedad parece empeñada en normalizar lo innormalizable. Y entre todos los fenómenos que avanzan a una velocidad difícil de frenar, hay uno especialmente preocupante: la inteligencia artificial. Resulta inevitable recordar aquella frase del spot de San Isidro de este año: “La inteligencia artificial ha colonizado a la humana”. Más allá del impacto publicitario, la sentencia encierra una reflexión inquietante. Quizá haya comenzado, verdaderamente, el reinado de lo falso.
Porque la inteligencia artificial ha llegado para quedarse y, utilizada con sentido común, puede convertirse en una herramienta extraordinaria. El problema aparece cuando deja de ser un apoyo para convertirse en sustituto. Y ahí es donde empieza la desnaturalización de la verdad, del criterio y hasta de la sensibilidad humana.
En el toreo ocurre exactamente lo mismo. La IA puede ser útil para agilizar procesos, apoyar diseños o mejorar determinados aspectos técnicos, pero jamás debería reemplazar la creatividad, el gusto y la autenticidad de quien piensa y siente el toreo. Sin embargo, cada vez son más frecuentes campañas promovidas por empresas taurinas en las que el abuso de la inteligencia artificial termina deformando la propia esencia del espectáculo.
Basta con detenerse ante algunos carteles que hoy cuelgan en las calles. Rostros irreales, toreros inventados digitalmente, expresiones que nada tienen que ver con la personalidad del anunciado. Carteles de máxima categoría convertidos en imágenes frías, artificiales y vacías de alma. Y eso, en un mundo tan profundamente humano como el toreo, resulta sencillamente incomprensible.
No se trata de vivir anclados en los carteles de hace sesenta años ni de rechazar el progreso. El problema no es la evolución, sino la pérdida de autenticidad. La inteligencia artificial puede ayudar a construir una campaña publicitaria, pero nunca sustituir la mano, la mirada y la sensibilidad del ser humano. Porque ningún algoritmo podrá interpretar jamás la verdad de un torero, ni el poso de una mirada, ni el sentimiento que transmite una figura delante del toro.
Algo parecido empieza a suceder también en determinados medios de comunicación y notas de prensa, donde la IA ha comenzado a imponerse hasta generar textos huecos, impersonales y alejados del lenguaje que siempre ha acompañado al toreo. Se pierde el matiz, el vocabulario propio y, sobre todo, la emoción.
La inteligencia humana jamás podrá ser reemplazada por la artificial… al menos mientras no nos dejemos vencer por la comodidad. Porque quizá el verdadero peligro no sea el avance de la tecnología, sino la pereza del hombre para seguir pensando, creando y sintiendo por sí mismo.
Y será entonces, cuando renunciemos definitivamente a nuestra propia capacidad, cuando termine de imponerse el reinado de lo falso.

