Nos hemos acostumbrado a vivir con la cabeza siempre puesta en otro sitio. Casi nunca estamos del todo donde estamos. Vamos con prisa, contestamos deprisa, opinamos deprisa y hasta sentimos deprisa. Todo parece tener que ocurrir antes de tiempo, como si el presente fuera una pérdida de tiempo y no el único lugar real en el que sucede la vida.
La inmediatez nos ha cambiado la manera de mirar. Queremos saberlo todo al instante, tenerlo todo al momento y pasar rápido a lo siguiente. Apenas hemos terminado de vivir una cosa y ya estamos pendientes de la que viene después. El problema es que, en esa carrera, se nos está escapando lo más importante: el ahora.
El toreo, que tantas veces sirve para explicar la vida, también nos coloca delante de esa realidad. Una tarde de toros no se repite. Lo que ocurre en el ruedo pertenece a ese momento exacto. Un quite, una embestida, una tanda de naturales, un silencio en la plaza o una ovación que nace poco a poco no pueden vivirse después con la misma verdad. O se está, o se pierde.
Y, sin embargo, cuántas veces hemos estado en una plaza sin estar realmente en ella. Cuántas tardes hemos pagado una entrada para terminar mirando más el teléfono que el ruedo. Pendientes de otro festejo, de una noticia, de un mensaje, de una red social o de cualquier asunto cotidiano que podía esperar. Estábamos sentados en nuestro tendido, pero la cabeza andaba lejos.
No se trata de demonizar la tecnología ni de negar el tiempo en el que vivimos. Sería absurdo. Hoy el móvil forma parte de nuestra manera de comunicarnos, de trabajar y también de informarnos. Pero otra cosa muy distinta es que la pantalla nos robe la capacidad de vivir lo que tenemos delante. Y eso, de una manera silenciosa, está ocurriendo.
En una plaza de toros se aprende mirando. Mirando al toro, al torero, a los terrenos, a los tiempos y también a quien tienes al lado. Porque muchas veces la tarde no solo está en el ruedo. Está en ese abuelo que te acompaña y te explica sin dar lecciones. En esa frase que suelta entre toro y toro y que uno no valora hasta que pasan los años. En ese amigo con el que compartes una opinión, una discrepancia o una emoción. En esa conversación sencilla que, sin saberlo, termina formando parte de la memoria.
Pero cada vez nos cuesta más estar ahí. Queremos verlo todo, seguirlo todo, comentarlo todo. Queremos estar en todas las plazas a la vez y acabamos no estando en ninguna. Mientras delante de nosotros sucede una tarde que no volverá, nuestra atención se marcha a otra parte. Y cuando uno mira la vida de reojo, termina viviendo también de reojo.
La plaza siempre fue un lugar de encuentro. De espera, de conversación, de rito y de emoción compartida. Se iba a los toros para ver toros, pero también para vivir una tarde con los demás. Para llegar con tiempo, mirar el ambiente, comentar el ganado, escuchar el clarín y dejar que la tarde tomara su propio camino. Hoy, en cambio, muchas veces vamos buscando el titular antes de que la tarde haya dicho nada.
Ese es uno de los grandes males de este tiempo. Hemos confundido vivir con contar que vivimos. Estar en un sitio con enseñarlo. Sentir algo con publicarlo. Y en esa necesidad de registrarlo todo, de grabarlo todo, de compartirlo todo, se nos va perdiendo la verdad íntima de las cosas. Hay momentos que no necesitan una foto, ni un vídeo, ni una publicación. Necesitan presencia.
El toreo exige eso: presencia. No solo estar físicamente en la localidad, sino estar con la mirada limpia y la atención puesta en lo que sucede. No se puede entender una faena mirando de vez en cuando. No se puede medir la importancia de un toro si uno está pendiente de la vibración del teléfono. No se puede saborear una tarde si estamos pensando constantemente en la siguiente.
Y esto no habla solo de toros. Habla de la vida. De las comidas en familia en las que cada uno mira su pantalla. De los cafés con amigos en los que una notificación interrumpe una conversación. De los viajes en los que fotografiamos más de lo que miramos. De las tardes aparentemente normales que, con el tiempo, terminan siendo las que más echamos de menos.
Quizá deberíamos aprender a quedarnos un poco más en los sitios. A mirar sin prisa. A escuchar mejor. A dejar el teléfono en el bolsillo cuando delante de nosotros hay algo, o alguien, que merece nuestra atención. A entender que no todo lo urgente es importante y que muchas de las cosas verdaderamente importantes no avisan.
Porque llegará un día en que no recordaremos aquel mensaje que contestamos al instante, ni aquella notificación que nos sacó de la tarde, ni aquel otro festejo que seguimos desde la pantalla mientras teníamos uno delante. Pero sí podremos echar de menos aquella conversación con nuestro abuelo, aquella tarde con los amigos, aquella faena que no miramos del todo o aquel momento sencillo que dejamos pasar sin darle importancia.
La vida no siempre se anuncia. A veces sucede entre toro y toro, en una conversación cualquiera, en una mirada que después vuelve a la memoria o en un muletazo que solo se entiende si uno está mirando de verdad. Por eso conviene estar. Estar de verdad. Sin vivir siempre aplazados hacia lo siguiente.
La prisa promete mucho, pero casi siempre cobra caro. Nos empuja hacia el futuro mientras nos va quitando el presente. Y cuando el presente se pierde, no hay manera de recuperarlo.
Quizá sea momento de volver a la plaza, y también a la vida, con menos ansiedad y más verdad. Con menos necesidad de contarlo todo y más voluntad de vivirlo. Con menos pantalla y más mirada.

