La Misericordia no puede convertirse en una casa de subastas. El pliego de Zaragoza ha dejado al descubierto algo más grave que un problema administrativo: la ausencia de un proyecto taurino serio para una plaza de primera, el pulso político de una Diputación encerrada en sí misma y el riesgo de que la Feria del Pilar acabe pagando el precio de una gestión sin altura.
Hay plazas que se sostienen sobre piedra, historia y afición. Y hay otras que, de pronto, parecen quedar suspendidas sobre un montón de papeles mal doblados. Zaragoza, que no es una plaza cualquiera ni puede ser tratada como una plaza cualquiera, lleva meses atrapada en ese laberinto de folios, recursos, resoluciones, declaraciones y silencios donde la tauromaquia deja de parecer una expresión cultural para convertirse en un expediente incómodo sobre la mesa de un despacho.
La Misericordia nació con un nombre que hoy suena casi a ironía. Porque poca misericordia se está teniendo con una afición que no merece esta incertidumbre, con una ciudad que necesita una feria a la altura de su historia y con una plaza de primera categoría que no puede vivir pendiente de si un pliego resiste o vuelve a caerse como un castillo de naipes al primer soplo jurídico.
El problema de Zaragoza ya no es solo el pliego. El pliego es el síntoma. La fiebre viene de más abajo. Viene de haber confundido la gestión pública con el pulso personal, la autoridad con la imposición y el interés general con la recaudación. Viene de creer que una plaza de toros se puede entregar al mejor postor como quien subasta una finca, una nave o un local vacío. Y no. Una plaza de toros no es solo un inmueble. Es un templo civil, una memoria colectiva, una industria cultural, un espacio de identidad y un termómetro de la salud taurina de una tierra.
Por eso resulta tan preocupante que la Diputación Provincial de Zaragoza haya llegado a este punto. Primero, con un pliego que quiso regularlo casi todo y acabó anulado. Después, con otro que parece haber saltado al extremo contrario: si antes sobraban ataduras, ahora faltan garantías. Si antes se pretendía dirigir desde el despacho hasta la respiración de la feria, ahora se coloca el dinero en el centro de la escena y se deja que el resto gire alrededor. De un corsé asfixiante a una caja registradora. De la tutela excesiva a la subasta desnuda. Y entre un extremo y otro, Zaragoza esperando.
El toreo, cuando se administra desde lo público, exige equilibrio. Claro que la administración debe proteger sus ingresos. Claro que el patrimonio público tiene un valor. Claro que la plaza no puede entregarse de cualquier manera. Pero el interés público no termina en el canon. El interés público también está en la calidad de los carteles, en la seriedad del toro, en la categoría de la feria, en la promoción de los nuevos valores, en el respeto al abonado, en la estabilidad empresarial, en la seguridad jurídica y en la dignidad de una plaza que representa mucho más que una línea presupuestaria.
Ahí está el error de fondo. Se ha querido medir Zaragoza con monedas cuando Zaragoza debe medirse con proyecto. Y cuando una plaza de primera se decide casi exclusivamente por quién pone más dinero encima de la mesa, el criterio taurino queda reducido a una sombra. Puede ganar alguien capaz, por supuesto. Incluso este pliego ha abierto una puerta interesante a nombres de la tierra que conocen la plaza, la afición y el pulso aragonés. Ahí están Raúl Gracia “El Tato” o Ignacio Ríos, ejemplos de que la experiencia no siempre se mide por el tamaño del apellido empresarial ni por pertenecer a ningún estamento cerrado.
Porque también conviene decirlo: el sector taurino tiene sus propias contradicciones. Durante años, la palabra “experiencia” ha servido demasiadas veces como candado. Una forma elegante de proteger territorios, cerrar el paso a empresarios emergentes y mantener determinadas plazas dentro de un círculo muy reducido. No todo lo que rompe ese molde debe ser mirado con desprecio. Zaragoza también podía haber sido una oportunidad para demostrar que hay vida más allá de las casas de siempre, que la gestión local puede tener sentido y que una plaza importante no tiene por qué quedar reservada eternamente a los mismos nombres.
Pero una cosa es abrir el abanico y otra muy distinta convertir La Misericordia en una ruleta. Una administración seria no puede pasar de un pliego discutible a un pliego temerario. No puede responder a una resolución adversa con un bandazo. No puede convertir el hartazgo en norma ni la prisa en método. La plaza de Zaragoza necesitaba diálogo, técnica jurídica, sentido taurino y voluntad de acuerdo. Ha recibido, en cambio, una cadena de golpes, reproches y huidas hacia adelante.
Y ahora llega otra vez el TACPA. Otra suspensión. Otro frenazo. Otra señal de alarma. Se podrá discutir el fondo, los argumentos de unos y otros, los intereses legítimos o menos confesables de cada parte. Pero hay una realidad que ya no admite demasiados adornos: si un procedimiento vuelve a quedar paralizado, algo no se ha hecho bien. Y cuando algo no se hace bien dos veces, el problema deja de ser casualidad y empieza a parecer método.
La Diputación puede insistir en el relato del boicot. Puede señalar a empresarios, partidos, recursos o tribunales. Puede envolverlo todo en una batalla política para intentar tapar la cuestión esencial. Pero los recursos no nacen en el vacío. Los tribunales no paralizan por capricho. Y una plaza de primera no puede depender de que cada resolución sea leída como una conspiración contra el presidente de turno. Gobernar también consiste en escuchar a quien incomoda. Rectificar también es una forma de autoridad. Y asumir responsabilidades no debilita a una institución; la dignifica.
Lo más triste es que el daño no se mide solo en días perdidos. Se mide en credibilidad. Zaragoza ha pasado de hablar de toros a hablar de pliegos. De hablar de ganaderías, abonos, carteles y toreros, a hablar de medidas cautelares, impugnaciones y tribunales. La Feria del Pilar, que debería estar construyendo ilusión, está mirando al calendario con la inquietud de quien ve acercarse una tormenta. Y ninguna feria importante se levanta bien desde la improvisación, la tensión y la sospecha.
El Pilar no puede ser el rehén de una guerra de despachos. No puede quedar colgado de una firma tardía, de una resolución pendiente o de un recurso más. Zaragoza merece saber quién va a gestionar su plaza, con qué proyecto, con qué garantías y con qué ambición. Merece una empresa que no llegue solo a pagar, sino a construir. Merece una administración que no mire al toro como un problema que hay que liquidar, sino como un patrimonio que hay que cuidar. Y merece un sector capaz de defender sus intereses sin olvidarse de la afición, que es quien acaba pagando siempre las consecuencias de las batallas ajenas.
Porque aquí hay culpa institucional, sí. Mucha. Pero también hay una responsabilidad colectiva del propio mundo del toro. Si la tauromaquia quiere ser tratada como cultura, debe comportarse como una cultura adulta. Con exigencia, con transparencia, con proyecto y con menos trincheras. Las plazas no pueden ser botín, los pliegos no pueden ser armas y las ferias no pueden ser moneda de cambio.
La Misericordia no necesita salvadores de última hora. Necesita seriedad. Necesita un pliego que entienda la plaza, respete la ley y proteja la categoría. Necesita que la Diputación deje de jugar a ganar el relato y empiece a buscar una solución. Necesita que el sector deje de mirarse solo a sí mismo y recuerde que Zaragoza no pertenece a ningún despacho, a ninguna casa empresarial ni a ningún presidente provincial. Zaragoza pertenece a su historia, a su afición y a una feria que no merece ser tratada como un saldo administrativo.
Hay momentos en los que una plaza habla incluso cerrada. Y La Misericordia está hablando. Está diciendo que no se puede construir futuro sobre la soberbia. Que no se puede defender el interés público reduciéndolo a dinero. Que no se puede invocar la tauromaquia mientras se la empuja al barro de la inseguridad jurídica. Y que una plaza de primera no se administra con bandazos, sino con cabeza, respeto y categoría.
Zaragoza sigue esperando. Y lo peor que puede pasar no es que se retrase un procedimiento. Lo peor es que, entre tanto papel, tanto recurso y tanta moneda sobre la mesa, alguien olvide lo esencial: que detrás de La Misericordia hay una afición. Y que una afición puede perdonar muchas cosas, pero difícilmente perdona que jueguen con su plaza como si fuera una partida de despacho.

