Tenía Borja Jiménez el pasado domingo casi todo en contra antes incluso de echar a andar en el paseíllo. Y lo sabía. Por eso, entre otras cosas, se fue de rodillas a la puerta nada más salir el primer toro. No era un gesto de cara a la galería ni una ocurrencia para calentar la tarde: era una declaración de intenciones. La manera de decir que aquella encerrona en Las Ventas no nacía de un capricho, sino de una necesidad.

Porque hay toreros que, desde que empiezan, parecen condenados a remar con el viento en contra. Y Borja Jiménez pertenece a esa estirpe de toreros a los que nada les ha llegado del todo regalado. Afrontar una encerrona en Madrid, fuera de abono y con el cartel de “No hay billetes”, no era un detalle menor. Conviene subrayarlo. Había ambiente, pero también había ruido. Mucho ruido. Demasiado, incluso, antes de que la tarde empezara.

La encerrona se cuestionó desde el mismo día en que se anunció. Y si tenemos en cuenta que aquello ocurrió en febrero, hagan cuentas de lo que supone para un torero convivir durante meses con opiniones, sospechas, comentarios en la calle, juicios en redes y lecturas interesadas de un sector de la prensa. A veces se olvida algo tan elemental como incómodo: los toreros son personas. Se enteran de las cosas. Leen, escuchan, intuyen y cargan. No viven al margen de la polémica, aunque muchas veces tengan que hacer como si no les rozara.

Borja hizo oídos sordos, o al menos lo intentó. Quizá no le quedaba otra. Porque uno de los defectos más reconocibles de este mundo del toro —y esta vez hablo especialmente de la afición, aunque no solo de ella— es la facilidad con la que se opina de todo sabiendo muy poco. Incluso la prensa, que está más cerca de la información, rara vez conoce la verdad completa en un sector tan hermético como este. Mucho menos puede conocerla el aficionado, por legítimas que sean sus impresiones.

Se ha cuestionado la estructura de las temporadas de Borja, su entorno, el sentido de la encerrona y, sobre todo, la elección del ganado. Pero hay una pregunta que apenas se ha formulado con honestidad: ¿sabemos realmente qué se le ofreció a Borja Jiménez en Madrid? ¿Sabemos si la encerrona fue una elección libre en todos sus términos o la única carta posible para intentar dar un golpe en la mesa? No lo sabemos. Yo tampoco. Y precisamente por eso conviene tener cuidado antes de levantar sentencias.

Porque en el toreo no todos eligen lo que torean. Esa es una verdad incómoda. Hay unos pocos toreros que pueden escoger, ordenar, medir y colocar su temporada con una capacidad de decisión que otros sencillamente no tienen. Y luego está la mayoría, la que torea lo que le dejan, cuando le dejan y como le dejan. Si no aceptan, se quedan a dos velas. Sin pruebas, no puede afirmarse que ese fuera exactamente el caso de Borja en esta encerrona. Pero tampoco puede descartarse que el margen real de maniobra fuera bastante más estrecho de lo que muchos imaginan.

La apuesta, en cualquier caso, estaba hecha. Y no salió tan mal como algunos esperaban, aunque tampoco salió de diez. Esa es la verdad. Borja sabía que necesitaba una tarde especial que terminara de colocarlo en la mesa de los grandes. Porque, por desgracia, el toreo actual funciona con una memoria tan frágil como injusta. Ya casi nadie parece acordarse de sus puertas grandes en Madrid, de aquella tarde de los victorinos, de la faena de indulto a un gran toro de La Quinta en Bilbao o de tantos otros hitos que deberían pesar mucho más en su cotización.

Pero el toreo está montado de tal manera que los triunfos duran poco y las inercias duran demasiado. A determinados toreros se les exige siempre una nueva prueba de vida. Una más. Otra gesta. Otro golpe. Otra moneda al aire. No basta con haber llegado; hay que estar justificando cada temporada el derecho a seguir llamando a la puerta. Le ocurrió a Emilio de Justo con aquella encerrona del Domingo de Ramos, frustrada por un percance terrible, y les ha ocurrido a muchos otros toreros que han tenido que jugarse demasiado para intentar ocupar el sitio que el sistema no termina de concederles.

El problema es que los toreros del corte de Borja, si no sucede algo verdaderamente excepcional, rara vez ven cambiar su vida de forma definitiva. Seguirán toreando, pero quizá no alcanzarán el lugar que merecen. Mientras tanto, otros viven instalados en una comodidad que no exige gestas ni apuestas mayores. Tienen la temporada hecha, el hueco reservado en los grandes carteles, el mejor arropo y, en muchos casos, la posibilidad de decidir mucho más de lo que públicamente se reconoce.

Por eso conviene medir las críticas cuando se habla de una encerrona. Es muy fácil preguntar desde fuera por qué se eligió tal ganadería o por qué se confeccionó de una manera determinada. Pero quizá no se puso todo el campo bravo a disposición del torero. Quizá, si quería hacer la gesta, tenía que asumir unas condiciones concretas. Y el público no tiene por qué saberlo, claro. Pero que no lo sepa no significa que no exista una realidad de fondo mucho más compleja.

El domingo, Borja Jiménez pinchó precisamente los toros que no podía pinchar. Los de triunfo. Los que le habrían puesto varios trofeos en el esportón y, probablemente, lo habrían sacado en hombros por la Puerta Grande. Aunque también cabe preguntarse cuánto habría cambiado realmente una foto a hombros al día siguiente. Tal vez mucho menos de lo que parece. Porque a estas alturas, y en este sistema, ni siquiera los triunfos rotundos garantizan ya determinadas cosas.

Se marcharía Borja con rabia. Es normal. Pero hay algo que no se le puede discutir: la actitud. La entrega fue irreprochable. La tarde no tuvo el vuelo soñado por culpa de un conjunto ganadero que no terminó de acompañar, pero el torero sostuvo el pulso con una disposición que desarmó a quienes aguardaban el desastre. No fue una encerrona para la gloria, pero tampoco fue el naufragio que algunos parecían esperar.

Ahora bien, si Borja quiere terminar de romper determinadas puertas, necesita resolver una cuestión que esta temporada le está frenando demasiados triunfos: la espada. No es un detalle menor. Está pinchando muchos toros importantes, y eso, más allá de la técnica, también puede hablar de una presión interior. Da la sensación de que vive cada toro de triunfo como una reválida absoluta, como si tuviera que demostrarlo todo otra vez. Y cuando lo cuaja, cuando tiene la tarde en la mano, aparece el peso del compromiso y se le escapa lo que ya parecía suyo.

Borja necesita matar mejor. Pero quizá también necesita matar más libre. Liberarse de esos fantasmas que le acompañan cuando la faena ya está hecha y solo falta rubricarla. Porque el público sabe lo que es. Sus partidarios lo saben. Quienes creen en él conocen su capacidad, su valor seco, su ambición y esa manera de ponerse delante como si cada tarde fuera una cuestión personal. Cuando vuelva a matar con la naturalidad con la que torea, Borja volverá también a sonreír con más frecuencia.

El fondo de todo esto, sin embargo, va más allá de una espada o de una encerrona. Habla de cómo está el toreo. Habla de lo difícil que resulta hoy ser un torero libre. Sus declaraciones retando a Roca Rey, en otros tiempos, habrían sido recibidas como un gesto de personalidad, como una forma de alimentar la rivalidad y de darle temperatura a una Fiesta que necesita verdad, competencia y pulso. Hoy, en cambio, ese tipo de gestos se celebran de puertas afuera, pero pueden cerrar demasiadas puertas por dentro.

Porque aquí, aunque casi nadie lo diga en voz alta, mandan muy pocos. Y cuando uno no ríe determinadas gracias, cuando no entra en determinados círculos o cuando intenta salirse del carril, regresar al sitio se vuelve mucho más difícil. Esa es una de las grandes contradicciones del toreo actual: se reclama personalidad, pero se castiga la independencia; se pide emoción, pero se ordena la temporada con demasiadas comodidades; se invoca la grandeza, pero se administra el sitio con criterios que no siempre responden solo al mérito.

Y luego están los síntomas. Los pequeños detalles que dicen mucho. Que en la feria más importante del mundo se pueda llegar a premiar hasta cuatro mejores faenas es una imagen perfecta de esta época: todos contentos, todos reconocidos, todos con su parte de gloria, aunque la gloria, cuando se reparte tanto, termina perdiendo valor. Ahora que comenzamos tiempos de mundial, imaginen un Mundial de fútbol con cuatro campeones del mundo. Pues eso.

La encerrona de Borja Jiménez dejó una conclusión más amarga que luminosa, pero también más profunda de lo que indica el resultado. No fue la tarde soñada, ni la tarde definitiva, ni la tarde que quizá él necesitaba para cambiarlo todo. Pero sí fue la tarde de un torero que se puso donde había que ponerse, con el ruido alrededor, la presión encima y la moneda en el aire.

Y en el toreo, a veces, también cuenta quién se atreve a lanzarla.