EL TOREO SE ESTÁ COMIENDO LAS SEMILLAS

EL TOREO SE ESTÁ COMIENDO LAS SEMILLAS

Foto: Melanie Huertas

El toreo ha vuelto a caer en el error que muchos temíamos y que, a estas alturas, resultaba casi previsible: convertir de nuevo a Morante de la Puebla en uno de los pilares sobre los que sostener buena parte de las grandes ferias. No únicamente como figura imprescindible en los carteles, sino como reclamo casi indispensable para venderlos.

Y aquí interviene también una cuestión que el propio sector conoce perfectamente: los egos. En una industria donde demasiadas veces importa tanto lo que se hace como poder presumir de haberlo hecho, ningún empresario parece querer quedarse sin Morante. Hay una especie de competición silenciosa por poder decir: yo también lo tuve en mi feria. No contratarlo llega incluso a interpretarse, en determinados ambientes, como un fracaso empresarial.

El problema no es anunciar a Morante. Faltaría más. El problema es construir las ferias alrededor de Morante. Hacer depender de su nombre buena parte del atractivo comercial de los seriales y convertirlo, desde el primer cartel publicitario hasta la última campaña de promoción, en el principal argumento para pasar por taquilla.

Con los grandes ciclos de la temporada ya presentados y buena parte de ellos celebrados, se puede empezar a sacar una conclusión preocupante: otro año más se ha perdido la oportunidad de fabricar el futuro.

Repetimos continuamente que solo existen dos toreros verdaderamente taquilleros: Morante y Roca Rey. Y seguramente no nos falte demasiada razón. Lo que pocas veces añadimos es que el propio sistema tiene buena parte de culpa de que así sea.

Porque las ferias no solo recurren a ellos en los carteles. También los convierten en el centro prácticamente absoluto de sus campañas de comunicación y márketing. El resultado es elemental: el público menos especializado termina conociendo aquello que constantemente le enseñan.

Mientras tanto, nombres como Daniel Luque, David de Miranda, Diego Urdiales, Borja Jiménez o Víctor Hernández, entre otros muchos, continúan realizando méritos suficientes para ocupar un primer plano que rara vez reciben fuera del círculo estrictamente aficionado. Y así resulta imposible crear nuevos toreros taquilleros.

Si una feria se promociona fundamentalmente con Morante y Roca Rey, el espectador ocasional irá a ver a Morante y Roca Rey. No podemos lamentarnos después de que el resto no tenga tirón comercial cuando durante meses hemos decidido que para el gran público prácticamente no existan.

En esta ecuación también tiene una responsabilidad enorme la prensa. Y conviene decirlo desde dentro. De Morante —con todos los respetos hacia una figura extraordinaria— somos capaces de convertir casi cualquier circunstancia en noticia. Mientras tanto, actuaciones de enorme categoría protagonizadas por otros toreros pasan demasiadas veces fugazmente por las páginas y las pantallas.

Ahí están, por ejemplo, las actuaciones que dejaron Daniel Luque y David de Miranda en Bilbao. Dos faenas de enorme interés que no alcanzaron ni de lejos el eco que probablemente habrían tenido con otros nombres delante. A ello se añade otro lastre que merece capítulo propio: una televisión que no ha estado allí donde el toreo necesitaba que estuviese, por lo que el eco mediático todavía es menor.

Son pequeñas decisiones que, acumuladas, terminan levantando un muro. Los empresarios reclaman nuevos nombres capaces de llenar plazas, pero el propio sector dificulta después que esos nombres puedan construirse comercialmente.

Morante debe estar. Roca Rey debe estar. Las figuras deben ocupar el lugar que se han ganado. La cuestión es qué hacemos mientras ellos están.

Porque Morante no será eterno. Ningún torero lo es. Y esta temporada vuelve a dejar señales de un desgaste lógico después de tantos años soportando una presión enorme. Roca Rey, por su parte, también ha hablado en distintas ocasiones del gigantesco nivel de exigencia que acompaña a su carrera.

Sea dentro de un año, de tres o de cinco, llegará un momento en el que ninguno pueda sostener sobre sus hombros buena parte de la taquilla de este negocio. ¿Y entonces qué? Ese es el verdadero problema.

El toreo lleva demasiado tiempo comiéndose las semillas que debería estar plantando. Disfruta hoy de los nombres capaces de llenar mientras dedica muy pocos recursos a convertir a quienes vienen detrás en los nombres capaces de llenar mañana.

Talento existe. Y mucho. Hay toreros preparados para dar ese salto, pero las figuras no se construyen únicamente dentro del ruedo. Necesitan triunfos, por supuesto, pero también relato, promoción, presencia, televisión, comunicación y continuidad. Necesitan que aquello extraordinario que hagan un martes cualquiera no desaparezca el miércoles debajo de veinte noticias sobre los mismos protagonistas.

Porque si algún día faltasen simultáneamente los dos grandes reclamos comerciales actuales, el toreo podría descubrir de golpe algo bastante incómodo: que pasó años buscando sustitutos sin haber dedicado tiempo a fabricarlos. Pan para hoy y hambre para mañana.

Y de la responsabilidad de la televisión hablaremos otro día. Porque esa merece, por sí sola, otra columna.