Álvaro Núñez volvió a Pamplona y no pasó de puntillas. La ganadería gaditana, que regresaba a los encierros de San Fermín por segundo año consecutivo tras su debut en 2025, protagonizó una carrera de mucha emoción, intensidad y riesgo, completada en 2 minutos y 32 segundos.
El cuarto encierro de la Feria del Toro tuvo un argumento claro desde muy pronto: la manada se rompió y la carrera quedó abierta durante buena parte del recorrido. Esa circunstancia multiplicó la incertidumbre y obligó a los corredores a medir cada paso ante toros que avanzaron con velocidad, derrotes y mucha presencia en la calle.
La salida desde los corrales de Santo Domingo fue poderosa. Un toro negro tomó la cabeza en los primeros metros y pronto se unieron otros dos astados, imponiendo un ritmo fuerte y superando rápidamente a los cabestros. Antes incluso de llegar a Mercaderes, varios toros ya mandaban en la carrera.
La curva de Mercaderes marcó el punto de inflexión. Allí, varios ejemplares resbalaron y la manada quedó definitivamente partida, con tres toros por delante y el resto unos metros más retrasados. A partir de ese momento, el encierro perdió unidad y ganó en peligro.
En Estafeta, la elevada presencia de corredores provocó numerosas caídas y momentos de mucho apuro. La carrera fue más de supervivencia que de lucimiento, con pocos huecos limpios y los toros llegando por oleadas, lo que dificultó la colocación de los mozos.
El tramo final mantuvo la tensión hasta el último instante. Uno de los toros se descolgó y enfiló en solitario hacia la plaza a gran velocidad. Después llegaron otros cuatro astados junto a los cabestros, mientras que el último quedó rezagado tras resbalar en Telefónica.
La labor de los cabestros fue clave para evitar que el toro se volviera y para conducirlo finalmente hasta los chiqueros, cerrando así un encierro exigente, partido y de alto voltaje.

