Aguadismos, lo de Morante con Pedro Jorge y algún apunte septembrino

La Firma de Nacho Raso

Pablo Aguado y las contradicciones de San Miguel

Nacho Raso
Columnista en Torolive

Nacho Raso

¿Recuerdan cuando, hace un año exacto, se despidió Salvador Núñez de los ruedos? Seguramente, lo recuerden, ya que fue una retirada más que emotiva: una plaza de la Maestranza puesta en pie, la Banda del Maestro Tejera tocando “Amparito Roca”, el homenajeado totalmente emocionado —no era para menos— y sí, por supuesto, su matador de toros brindándole su último toro. Y sí, es que eso fue exactamente lo que faltó en la despedida de Luis Blázquez. El homenaje estaba ya hecho, pero le faltó esa culminación, no otra. Feo gesto el de Borja Jiménez al no brindarle a un histórico de la plata el último toro de su carrera. Desde Vicente Barrera y Finito hasta Morante y Manzanares —tres lustros estuvo acompañando al alicantino—, acabando en la cuadrilla de Borja Jiménez, la carrera de Luis Blázquez, iniciada en el año noventa y tres, merecía un mejor punto y final; más aún, en una plaza como Sevilla, donde la sensibilidad debe primar por encima de todo.

Fue un tal Pablo Aguado, no sé si les sonará su nombre, quien le brindó a Salvador Núñez aquel toro en la primera de San Miguel del pasado año, en un cartel de farolillos en el que figuraban Juan Ortega y David de Miranda. Ortega estuvo correcto, Miranda algo más que correcto, Aguado no anduvo mal, aunque no fue su tarde. Las tornas entre los sevillanos se han intercambiado este año.

Un Ortega que vuelve a pasar por la Maestranza sin pena ni gloria y un Aguado que descerrajó su segunda Puerta del Príncipe en una tarde que no se olvidará fácilmente. Ahí radica la diferencia: la mayoría de las Puertas del Príncipe que hemos visto en las últimas ferias, apenas se recuerdan —salvo contadas excepciones—; de la de Pablo difícilmente se olviden los afortunados que la presenciaron.

¿Qué fue baratita, como indican algunos? Quizás lo fuera o quizás no, yo me decanto por la segunda opción. Los árbitros de la heterodoxia y los repartidores de carnets de “güenos afisionaos” se empeñarán en defender a capa y espada que fue un triunfo regalado, tras dejar el sevillano tres descabellos —tres, que no cuatro, cinco o siete, como ponen algunos en redes sociales para desprestigiar al matador— y escuchar un aviso —uno, puesto que el segundo no llegó a sonar el clarín, al echarse el toro en el preciso momento en el que se asomaba el pañuelo.

“La Puerta Grande fue reglamentaria, y eso, señores, va a misa.”
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Antes de que me ataquen, debo decir que yo no defenderé como si me fuera la vida en ello que la Puerta Grande fuera rotunda —no así el triunfo del torero, el cual considero incontestable—, pero sí fue reglamentaria, y eso, señores, va a misa. Tantas y tantas tardes se critica a los palcos por incumplir los reglamentos y ahora se critica a Gabriel Fernández Rey por cumplir a rajatabla lo que estipulan las reglas: la primera oreja es única y exclusivamente del público, y sí, fue el público el que quiso sacar a Pablo Aguado a hombros por la Puerta, en mayúsculas, de la Maestranza.

Tras su salida a hombros, en un exceso de fervor, más propio del Lunes de Pentecostés por las calles de La Aldea que de una tarde de toros, la muchedumbre llevó a Aguado hasta el Hotel Colón; una nueva imposición que hace que tal acontecimiento, que debiera ser algo único y totalmente extraordinario, pierda su gracia. El haberlo normalizado hasta el extremo lo ha convertido en algo cansino. Pero como en esto del toreo se ha normalizado todo, desde que los toreros presentan partes facultativos por enfermedades de las que mágicamente se recuperan en cuestión de horas, hasta los “vivas” —da igual si es a España, al Rey, a la UCO o al Papa; los dos últimos se escucharon en Granada— cada tres muletazos, pues no pasa nada. Una nueva moda que se une a la lista de cosas que te hacen ser mejor aficionado.

De la tarde morantista, que tenía rún rún de acontecimiento histórico, ya he destacado lo más importante: la despedida de Luis Blázquez; de lo demás hay poco que decir. Anduvo Morante mal, y lo de Garcigrande peor. Un par de muletazos buenos que no sirvieron para disimular no ya la mala cara, sino el mal estado de salud en el que se halla el de La Puebla. Que el final de temporada se iba a hacer cuesta arriba para José Antonio —aunque en lo artístico esté siendo una temporada memorable la de Morante— era algo que veíamos todos, pero la presencia de Canal Sur en el callejón maestrante nos permitió ver una imagen que no pasó desapercibida, la de un Morante tristón, apático, incluso con ojeras, mientras que, tras él, su apoderado mostraba una sonrisa de oreja a oreja.

No pretendo caer en la teoría cuasi conspirativa y conspiranoica que presenta a Pedro Jorge como un titiritero que hace lo que quiere con Morante, al que más de uno cree hipnotizado por el portugués, pero es evidente que el planteamiento de la temporada no ha podido ser peor.

Ojalá no veamos una nueva retirada del Maestro en las próximas semanas, en las que aún le quedan Las Ventas y el más que innecesario doblete en Zaragoza —una muestra más del ya mencionado nefasto planteamiento—, pero hay que ser realistas y asumir que, en el caso de que en dos mil veintisiete sigamos viéndolo, lo idóneo sería una temporada de no más de quince, quizás veinte tardes, en plazas muy seleccionadas: Sevilla, Jerez, El Puerto…

Por cierto, antes de entrar de lleno en la “apoteosis aguadista”, mencioné de pasada el nombre de Ortega, como de pasada ha sido su encuentro con la Maestranza en esta temporada. Una tarde tras otra, sigue Juan sumando silencio tras silencio en una plaza que, seguramente, pisará el año próximo las mismas tardes que este. Quién sabe si no sumará alguna. Ventajas de estar apoderado por el mandamás, lógicamente.

Duele ver tan perdido a un torero con tan exquisito gusto, aunque duele más aún ver cómo ese mismo torero prefiere acartelarse día tras día con ganaderías que se encuentran en un estado tan lamentable como El Puerto o La Ventana. Es triste contemplar cómo un matador prefiere sacrificar su concepto y su toreo por no ponerse delante de algún animal con un poquito más de fuerza —no digamos ya de vida, puesto que lo de El Muerto de San Lorenzo le viene como anillo al dedo al hierro salmantino.

Y, en fin, del resto de la feria septembrina hay poco más que apuntar: notable el debut con caballos de Manuel Domínguez, totalmente fatídico el paso de Manzanares, más que interesante la de Jandilla y, en definitiva, la sensación de que, en San Miguel, o falta una tarde o sobran toreros. Yo, personalmente, me decanto más por lo segundo; de los nueve toreros que han actuado, me han sobrado, como mínimo, cinco.

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