Asegura la Real Academia Española que la genialidad, que proviene de genio-a, es aquella «capacidad mental extraordinaria para crear o inventar cosas nuevas y admirables». Se trata, por tanto, de un talento, de una habilidad, de un “algo” fuera de lo común que no es más que una capacidad para crear.
En lo que a Tauromaquia se refiere, no es la genialidad es algo diferente a la definición que la RAE nos proporciona. Es un genio aquel que es capaz de de crear, de inventar y, añade este servidor, de emocionar. Es un genio José Antonio Morante de la Puebla, el gran genio taurino del siglo, sin lugar a dudas, pero no menos genio es Diego Urdiales, y mucho menos Antonio Ferrera. Y, por supuesto, también genios a caballo, como Diego Ventura, del que, pienso, hay muy poco que contar.
Sé que habrá quien no comparta mis opiniones, puesto que Diego – al que estoy escuchando a la vez que escribo estos párrafos en su entrevista en “El Séptimo Toro” del pasado domingo por la noche -, a pesar de su toreo hondo, puro, aromático y con sabor, no es apto para todo tipo de públicos. Permítanme expresar mi sorpresa, pero resulta que hay gente que ve una verónica del de Arnedo, y no se emociona. No repetiré la manida frase acerca de la miel y los asnos, pero impacta, impacta mucho. Porque Diego es uno de esos toreros que no necesitan de aditivos para crear un arte inconmensurable. Algo tendrá el agua cuando la bendicen – esta frase, no menos manida, si me van a permitir utilizarla -, y a Diego lo ha bendecido el Sumo Pontífice del Toreo, Francisco Romero López, el faraónico Curro. Por algo será.
Pero ojo, porque como digo, no menos genio es Antonio Ferrera. Hay quien sus extravagancias, pero son precisamente estas las que lo hacen un genio en su concepto. Toreros arrebatados, los hay, ni sé si más o menos, pero los hay. Toreros con esa improvisación, por supuesto que también los hay. Pero toreros que aúnen todo lo que reúne Ferrera en su tauromaquia, ay amigo, de esos no hay tantos. Esas extravagancias de las que les hablo, lo hacen precisamente único. Ese manejo del capote – que siempre ha sido más mexicano que español – esas tandas al natural con la diestra, esa peculiarísima manera de entrar a matar, y de matarlos, porque raramente se le escapa un toro, y como no, hacerlo todo eso a toros de Adolfo Martín, que no son poca cosa. Sobre lo de picar él mismo su toro, comprendo que sea chocante, pero todos sabemos que, si otro torero del escalafón se subiera al caballo de picar, serían “estampas de la lidia” y sería “el mejor torero que han visto nuestros ojos”. No se trata del qué, sino del quién.
Tenga en cuenta que, más o menos a la vez que Ferrera se subía al caballo de picar, Pablo Aguado colocaba los palos en Aranjuez, al igual que Juan Ortega en el festival de Pineda el pasado Día de Andalucía, y que – por supuesto – el Genio de la Puebla en la pasada feria de abril. Cada uno es un genio en lo suyo, ni más ni menos.
Paco Ojeda, por ejemplo, una vez se retiró como torero, decidió subirse a un caballo y rejonear ¿no es eso una genialidad?
Por cierto, por temas laborales, no voy a poder narrarles todo lo que ocurra en la granadina plaza de la Avenida del Doctor Oloriz, como les aseguré hace dos semanas. Sin embargo, sí que les podré relatar lo que pase el sábado (Morante, El Fandi y Pablo Aguado con la de Álvaro Núñez) y, espero, poder hacer lo propio el Jueves, día grande de Granada (Castella, Perera y Luque con la de Domingo Hernández). Quizás, en alguna de esas tardes, haya un halo de genialidad que nos haga emocionarnos.

