Madrid empieza a cansarse. No por la intensidad de una Feria de San Isidro que encara ya su recta final después de un mes de toros, sino por el permanente vaivén de un palco presidencial cuyo criterio cambia de una tarde a otra hasta el punto de haber convertido la discusión sobre las orejas en uno de los asuntos centrales del ciclo.
Lo advertí al comienzo de la feria. Tras una Feria de Abril de Sevilla en la que la exigencia descendió de forma preocupante, me temía que Madrid siguiera el mismo camino. Y, desgraciadamente, el pronóstico se está cumpliendo. Hemos visto trofeos que nunca debieron concederse y reconocimientos que se han quedado en el camino sin que nadie alcance a comprender por qué.
Siempre he defendido que el presidente debe evitar convertirse en protagonista. Su función consiste en dirigir el espectáculo con justicia, criterio y discreción. Sin embargo, desde hace años el palco de Las Ventas se ha transformado precisamente en lo que nunca debería ser: el eje de la polémica. Y cuando eso ocurre de manera reiterada, el problema no es una decisión aislada, sino la ausencia de una línea clara y coherente en la plaza más importante del mundo.
Personalmente, comparto la opinión de quienes sostienen que en Madrid debería ser obligatorio cortar las dos orejas de un mismo toro para abrir la Puerta Grande. No se trata de endurecer artificialmente el reglamento, sino de devolver valor a un símbolo que representa la máxima expresión del triunfo.
Porque la realidad actual es que las puertas grandes de Madrid empiezan a parecer demasiado baratas. Cuando un torero consigue una oreja en el primero de su lote, afronta el segundo sabiendo que tiene la Puerta Grande al alcance de la mano. Basta entonces una faena efectista, un arrimón de impacto y una petición mayoritaria en unos tendidos donde la presencia de público joven —bendita sea— aporta entusiasmo, aunque no siempre la experiencia necesaria para calibrar la verdadera dimensión de una obra.
Y ahí radica la diferencia entre una faena orejera y una faena torera. La primera busca el trofeo; la segunda persigue la plenitud artística. Con el sistema actual, demasiadas veces basta con lo primero.
Si para salir a hombros fuera necesario cortar dos orejas al mismo toro, el escenario cambiaría por completo. La primera podría seguir llegando con relativa facilidad, pero la segunda exigiría una obra de mucha mayor profundidad, una conexión más intensa con los tendidos y una convicción suficiente para que, una vez concedido el primer trofeo, la petición continuara con fuerza hasta arrancar el segundo. En muchos casos, tras esa primera oreja, la presión disminuiría y la Puerta Grande se quedaría en la frontera. Exactamente donde debe quedarse cuando no se alcanza la excelencia.
Porque abrir la Puerta Grande de Madrid nunca fue una recompensa al triunfo fácil. Siempre fue un acontecimiento extraordinario reservado para quienes alcanzaban una dimensión superior. Hoy, sin embargo, no todas las salidas a hombros responden a ese nivel de mérito. Algunas premian el éxito; muy pocas premian la grandeza.
Quizá haya llegado el momento de asumir que, ante un palco cada vez más generoso, la solución pasa por reformar el reglamento. Exigir dos orejas de un mismo toro para abrir la Puerta Grande devolvería parte de la categoría perdida y ayudaría a recuperar la esencia de una plaza que siempre se distinguió por su rigor.
Porque resulta difícil entender un Madrid tan exigente para reconocer la bravura de un toro y tan complaciente a la hora de facilitar triunfos que, en demasiadas ocasiones, están lejos de la dimensión que Las Ventas merece.

