Morante, sostén de una Sevilla en entredicho

Morante, sostén de una Sevilla en entredicho

La situación en Sevilla invita a la reflexión seria, lejos de cualquier tentación de disimulo. No basta con cubrir las grietas con la irrupción de un Morante de la Puebla en estado de gracia, cuya dimensión actual —extraordinaria, incontestable— sostiene por sí sola el interés de una plaza que debería sostenerse por su propio peso. El toreo, hoy, depende de él. Y no solo depende: también se ampara en su figura.

Anunciarse junto a Morante, en este momento, exige mucho más que dignidad: requiere un nivel sobresaliente. Porque incluso alcanzándolo, el riesgo de quedar diluido es evidente. Y si no se alcanza, la comparación resulta implacable. La tarde reciente lo dejó claro. Apenas se ha hablado de la firme actuación de Víctor Hernández, cuya mano izquierda, asentada y de enorme mérito ante el lote menos propicio, habría sido motivo de elogio unánime en cualquier otro contexto. Sin la presencia de Morante, hoy estaríamos hablando con mucha más fuerza de lo que hizo el torero alcarreño, y probablemente aquella actuación le habría servido en mayor medida en términos de reconocimiento y proyección. Pero no fue así. El genio de La Puebla absorbió toda la atención y dejó en segundo plano una labor que, por sí misma, merecía mucho más recorrido.

Algo similar ocurrió con Juan Ortega, incapaz de conectar con unos tendidos aún impactados por lo vivido instantes antes. No era una cuestión menor: salir a torear después de una obra de tal calibre condiciona, desplaza y descoloca. Morante no solo firma faenas; condiciona el desarrollo entero de la tarde. Eso está al alcance de muy pocos. De los genios.

Sin embargo, la grandeza de lo excepcional no debería ocultar lo esencial. Y Sevilla arrastra problemas que no pueden ni deben pasar inadvertidos. El nivel ganadero está lejos de lo que históricamente ha exigido la plaza. El toro que acompañó la obra de Morante —de presencia discutible para el contexto sevillano— quedó relegado a un segundo plano por la dimensión de la faena. Pero la pregunta permanece: ¿qué habría ocurrido con un toro de verdadera categoría? Probablemente, el mérito habría sido aún mayor. Porque resulta evidente que Morante tiene capacidad de sobra para imponerse a un toro de mayor seriedad y más acorde a la categoría de Sevilla, y seguramente la imagen final habría sido aún más rotunda y bella que la que dejó con el ejemplar que le correspondió.

La cuestión no termina ahí. Los toros que están saliendo por los chiqueros de la Maestranza generan más interrogantes que certezas. Y sorprende que parte de la crítica se detenga en el comportamiento de los tendidos, como si el problema fuese el ruido y no su causa. Sevilla no es más exigente ahora: simplemente no está dispuesta a aceptar la pérdida de identidad de una plaza que, junto a Madrid, marcaba el rumbo de la temporada.

Resulta cómodo mirar hacia los ganaderos, pero sería simplificar en exceso. En el campo hay toros con la seriedad y la presencia que Sevilla exige; otra cosa distinta es lo que finalmente se lidia, condicionado en gran medida por lo que se compra. El ganadero cría, pero también vende en función de la demanda. Por eso, no son los únicos responsables. La cadena es más amplia: veedores, empresa y, especialmente, autoridades. Porque alguien reseña, alguien decide qué se adquiere, alguien aprueba y alguien, en última instancia, valida que ese toro pise el ruedo de Sevilla. Y ahí es donde la preocupación se agrava.

El palco, lejos de aportar criterio, se ha convertido en foco de desconcierto. No existe un baremo reconocible. En apenas unos festejos, se han sucedido decisiones contradictorias, concesiones discutibles y negativas incomprensibles. Ni siquiera dentro de un mismo equipo presidencial se percibe una línea coherente. Cada tarde parece regirse por un criterio distinto, lo que erosiona la credibilidad de una institución que debería ser garante del orden, no protagonista de la polémica.

Sevilla exige otra cosa. La seriedad de una plaza de su categoría no puede depender del capricho ni de la interpretación variable. Urge una revisión profunda del sistema, una unificación de criterios y una recuperación del rigor que siempre definió a la Maestranza. El toreo no puede permitirse perder también a Sevilla y dejar todo el peso de la seriedad y la integridad en manos de Madrid, hoy por hoy —toquemos madera— la única plaza que mantiene ese listón. Porque cuando la autoridad deja de ser referencia, el conflicto se traslada al tendido, y la tensión sustituye al respeto.

Morante, con su talento irrepetible, está sosteniendo el presente. Pero el futuro de Sevilla no puede depender de un solo nombre, por grande que sea. La plaza necesita recuperar su esencia, su exigencia y su verdad. Todo lo demás —por brillante que resulte— será, en el fondo, un espejismo.