Oreja
Oreja con fuerte petición de la segunda y dos vueltas al ruedo
Oreja
Domingo Hernández lidió una corrida desigual, con mansedumbre acusada en varios ejemplares y demasiadas embestidas que necesitaron ser ordenadas, aunque también aparecieron nobleza y fondo cuando la tarde avanzaba. De esa falta de uniformidad terminaron emergiendo tres nombres y tres orejas: Sebastián Castella, David de Miranda y Marco Pérez. Pero fue el onubense quien puso Vista Alegre a mayor temperatura.
De Miranda había avisado con el segundo y terminó rompiendo la tarde con el quinto. El toro tardó en definirse de salida y pasó tres veces por el caballo, buscando incluso el que guardaba la puerta. Cuando llegó la muleta, David decidió no esperar acontecimientos y comenzó toreando en redondo de rodillas. La plaza entró pronto en una faena que no dejó de crecer.
Después llegó el toreo de verdad. De Miranda cargó la suerte, ofreció siempre el pecho y dio al toro los tiempos que necesitaba, sin precipitar una embestida que pedía paciencia. Por el derecho pudo tirar de ella con mayor continuidad. El izquierdo planteó una pelea distinta: aparecieron los parones, la exigencia y esa incómoda sensación de no saber siempre qué iba a suceder después del embroque. David tragó. No pestañeó ni perdió el sitio.
Cuando el toro comenzó a venirse abajo, la faena cambió de argumento pero no de intensidad. El onubense se metió donde prácticamente desaparecen las distancias y protagonizó un arrimón de enorme exposición, escondiendo la muleta en la cara del animal y permitiendo que los pitones rozaran literalmente la taleguilla. Las bernadinas finales, a milímetros, terminaron de desatar el coso del Botxo.
La estocada cayó arriba y la plaza pidió con fuerza la segunda. Matías González no la concedió. La petición fue importante, pero el palco entendió que no era suficiente para abrir la Puerta Grande. De Miranda tuvo que conformarse con una oreja después de haber puesto la tarde en su punto más alto.
Aquello no había nacido de la nada. Con el segundo, De Miranda ya había mostrado la paciencia que después resultaría fundamental. El castaño, más alto y despegado del suelo aunque fino de caja, se quedó corto en los primeros compases. Marco Pérez quitó por chicuelinas de mano baja desde los medios y David respondió con unas saltilleras muy ajustadas.
El onubense brindó al público y comenzó por estatuarios, pasándose al toro muy cerca. Por el derecho toreó con suavidad, pero fue por el izquierdo donde encontró mayor profundidad. Esperó, dio tiempo y consiguió que el toro terminara los viajes, hasta dejar un natural en redondo, muy ceñido, que hizo rugir los tendidos. Cuando regresó al derecho, el animal ya estaba más aplomado y David recurrió a la quietud. Unas manoletinas muy ajustadas y un pase de pecho circular pusieron el cierre antes de que la espada, al segundo intento, dejara el premio en una ovación. El toro fue ovacionado en el arrastre.
Sebastián Castella encontró el triunfo por un camino distinto. Había pasado prácticamente inédito frente al primero, un toro serio y con caja que enseñó desde muy pronto una marcada condición mansa. Salió suelto y desentendido, rehuyó la pelea en varas y llegó a la muleta sin admitir más de dos viajes antes de abandonar la suerte. Castella lo probó y comprendió que allí no había nada que construir. Pinchazo, estocada tendida y caída y dos golpes de descabello. Silencio para el francés y pitos para el toro.
El cuarto le permitió, al menos, enseñar otra dimensión. También salió suelto, se quedó corto y evidenció una acusada justeza de fuerzas. Pasó por el caballo sin entrega y durante el tercio de varas un monosabio resultó cogido mientras coleaba al toro. Antes de banderillas, además, un altercado en los tendidos obligó a intervenir a la seguridad.
Entre tanto ruido, Castella consiguió encontrar su propia faena. Brindó desde los medios y comenzó cambiándose el toro por la espalda, en un arranque de raza. A partir de ahí fue pudiéndole, fijándolo y construyendo el toreo en redondo frente a un animal de recorrido reducido que terminó sacando nobleza y algo más de fondo de lo inicialmente anunciado.
El francés fue apretando las distancias hasta convertir el final en una demostración de firmeza. Se dejó llegar al toro hasta la taleguilla y se jugó los muslos para sujetarlo, gobernándolo desde el valor y el poder. Una estocada ligeramente desprendida terminó poniendo una oreja en sus manos. Palmas para el toro en el arrastre.
También Marco Pérez tuvo que poner orden donde inicialmente solo había desconcierto. El titular del tercero, protestado por una presentación un punto justa para Bilbao, perdió las manos después del caballo y fue devuelto. Se corrió turno y salió el sexto de Domingo Hernández que convirtió los primeros tercios en un auténtico caos.
El toro manseó con claridad, buscó el caballo que guardaba la puerta y obligó a una sucesión interminable de capotazos. La desorganización continuó en banderillas. Todo era movimiento, pero nada tenía orden. Y precisamente ahí estuvo el mérito de Marco cuando tomó la muleta.
Poco a poco fue metiendo al toro en el canasto. Lo afianzó, le pudo por el derecho y consiguió varias series de mucho empaque, tragando con firmeza ante una embestida que venía andando y nunca terminó de ofrecer claridad. Por el izquierdo el animal quiso marcharse todavía más, pero Marco insistió hasta fijarlo y construir una buena serie al natural. Los molinetes cerraron una labor en la que el torero consiguió ordenar lo que hasta entonces había sido desorden. La espada, al tercer intento, dejó el premio en ovación con saludos.
El sexto le ofreció una posibilidad más limpia. Era precisamente el sobrero que había quedado en chiqueros después de correrse turno en tercer lugar. Tras dos puyazos muy medidos, Marco brindó la faena a Enrique Ponce y se fue a los medios.
Allí, de rodillas, comenzó a torear en redondo en un inicio que prendió inmediatamente en los tendidos. Ya en pie, se enroscó al toro por el derecho en una serie de mucho ajuste, llevando la embestida alrededor de la cintura y rematando con un buen pase de pecho. Fue el pitón que sostuvo la faena.
Por el izquierdo costó bastante más. El toro fue acortando sus viajes y cada natural necesitó mayor exposición, aunque Marco mantuvo la firmeza y consiguió templar algunos muletazos. El animal fue a menos, pero había dejado fondo, nobleza y opciones especialmente por el derecho. Marco enterró el estoque al segundo intento y cortó una oreja. Palmas para el toro en el arrastre.
Corrida de Domingo Hernández desigual y marcada por la mansedumbre en varios ejemplares, con nobleza y fondo puntuales y demasiadas embestidas que necesitaron ser ordenadas por los toreros.


