Es queja habitual de los aficionados que ponen la televisión, encienden la radio o leen EL PAIS, que los toros nunca tienen un mínimo espacio que no sea el de “ha muerto” un torero. Si es un percance grave y hay imágenes terribles, también merecen la pena para los editores. Es una queja lógica y loable. Cualquiera que sea periodista, no por el estúpido título que te dan en la universidad sino por el ejercicio real del oficio, sabe que en un evento donde se reúnen decenas de miles de personas, más allá de gustos, hay un hecho informativo. Si además genera emociones y desata pasiones, ese hecho se convierte automáticamente en noticioso. De lo contrario, ¿por qué invaden nuestro tiempo con esa insufrible filfa del fútbol femenino que no ven ni sus familiares si han de pagar y se nos hurta la información del segundo espectáculo de masas en España?
Pensando en esto, he caído en otra contradicción insalvable para los taurinos, entendiendo este término, ‘taurinos’, como peyorativo. Me refiero a esos simios diligentes que bautizó Leonardo Padura, siempre adscritos a la doctrina imperante de quien maneja los hilos. El buró de los estalinistas empresarios que pervierten la hermosa utopía de la justicia taurina está rodeado de palangristas ávidos de notoriedad. Como pasionarias de Temu, le dicen “no pasarán” a los que traten de cargarse su régimen, un lumpen travestido de Álvaro Moreno.
Por eso, mucho peor que los generalistas que omiten la tauromaquia por puro sectarismo, son los taurinos que hacen mutis de todo aquello que no forme parte de su cartera de clientes o de la media hectárea que aspiran a heredar por ser costaleros del ganaduros de turno. Vengo de Francia convencido de que hay otra tauromaquia mucho más digna y honrada, pero que solo tiene espacio en las esquelas de todos estos lictorcillos que no resistirían un cuarto de lobotomía. Morirse de hambre todavía es un arte, pero para eso hay que vestir de oro como los toreros que solo merecen su atención cuando están gravemente heridos.
Si no fuera por las redes sociales y por los cabales aficionados que las utilizan para la difusión de contenidos que no aparecen en los insoportales, sería complicado conocer esa otra tauromaquia, la de verdad. La del toro en puntas y el miedo en el ruedo y en los tendidos. La que deposita en el animal toda su esperanza. Los llaman ‘toristas’, pero hasta para eso yerran. El aficionado que va a Orthez, a Vic, a Ceret o a la feria de 3 Puyazos, entre otros muchos ejemplos de honradez, es el verdadero ‘torerista’. Es aquel que muestra su respeto a aquellos que elevan a los altares la profesión de torero y que, como digo, nunca aflorarán en el circuito de los taurinos si no es con los pies por delante.
Me fascina que, cada día, esas plazas cuenten con mayor afluencia, pero no me sorprende. Cualquiera de los chavalitos que se acercan a esta narcótica moda de la tauromaquia sin puntas descubre rápido la gran trampa de ese toreo laberíntico que, por más que se esfuerza, acaba volviendo siempre al mismo punto de vulgaridad y engaño. Si somos capaces de que esos públicos vengan a conocer la Ítaca del toreo, descubrirán que hay más verdad en medio pitón de cualquiera de esas corridas duras que en toda la temporada del figurín de turno entrado en años. Será nuestra gran Odisea, pero me consta que son ya muchos los que están en ese camino de búsqueda de la verdad, de la dignidad y de la honorabilidad de la palabra torero, cuya existencia es inherente al toro. La juventud se cura con el tiempo.

