En la Antigua Grecia habitó un rey llamado Erisictón que no era el mejor amigo de protocolos, tradiciones o jerarquías. Su única preocupación era su satisfacción. Hacía lo que hiciera falta con tal de lograrla. Las deidades no suponían un obstáculo para su vanidad. Un día se le ocurrió construir un enorme salón de banquetes en su palacio. Como Donald Trump con la Casa Blanca, que la quiere convertir en Pacha Washington. Y Erisictón, que no sabía de donde sacar vigas de madera gigantes para tal fin, decidió talar un bosque sagrado que pertenecía a la diosa Deméter. El Fangorn de los helenos.
En aquellas encinas habitaban unas ninfas cuyas almas estaban ligadas a los árboles. Si moría la encina, las dríades se apagaban para siempre. Y el rey cogió a varios de sus hombres y entró al bosque con hachas y sierras para llevarse la madera. La sacerdotisa del bosque se presentó allí para advertirles de la maldición que caería sobre ellos si se atrevían a cometer tal afrenta. Erisictón, muy risueño, le dijo que haría un guiso con sus maldiciones para inaugurar su salón. Acto seguido, le pegó un tajo a la encina más grande que vio. Y a los pocos días, el bosque quedó devastado y el rey tenía construido su enorme comedor.
Deméter, que era la diosa de la agricultura y las cosechas, decidió qué iba a hacer con aquel borrego. Lo maldijo para que nunca jamás volviera a sentirse saciado, por mucho que comiera. Y a partir de ahí, Erisictón comenzó su descenso a los infiernos. Perdió su corona y su fortuna para poder comer. Y cuanto más comía, más hambre sentía. Acabó por vender a su hija para llevarse algo a la boca. Un día, cuando su hija volvió a casa tras escapar del enésimo comprador, se encontró a su padre agonizando: se había devorado a sí mismo culminando la maldición.
Si uno cambia los protagonistas y mete ahí a los taurinos, el mito se cumple de principio a fin. Despreciar al dios toro, talar sus pitones y convertir las plazas en sus grandes salones para bacanales. La maldición, plazas cada día más llenas, gente cada vez más borracha, pero una incapacidad manifiesta para saciar esa sed de triunfos de chichinabo. Y la maldición caerá, porque las modas pasan. Y morirán de éxito, vendiendo a sus hijos, que son sus poderdantes, los toreros. Convertidos en cromos de quita y pon. En Las Ventas ya hemos visto peleas en los tendidos, patadas en la cabeza y gente vomitándose entre sí, como la niña del exorcista en Scary Movie. Algún día, ojalá no llegue, quizá alguno utilice su botella de Larios para abrirle la cabeza al otro. Estamos cada día más cerca de ser el fútbol moderno. Y poco a poco, los nuevos públicos por los que sacan pecho irán devorando la gran orgía en la que han convertido la tauromaquia.
No sé si decir por fortuna, pero el mito de Erisictón termina bien. La hija del rey acabó convirtiéndose en sacerdotisa del bosque sagrado. Lo repobló y allí volvieron a vivir las ninfas, en las copas de las encinas. Al final, la diosa Deméter también regresó. La profanación del hombre quedó subsanada. Lo más sagrado de la naturaleza recobró su ser y su sentido. Aquí estaremos los aficionados y la prensa libre, como la hija de Erisictón. Algún día, el toro volverá a reinar. Quedará entonces cubierto el pecado original de los taurinos.

