Venimos de ver a un empresario enfrentarse, desde el callejón y con elevadas dosis de cobardía, a aquellos que no hace mucho le llevaban el pan a casa. Aspavientos así como de tardoboomer intoxicado, cortes de mangas y palabros indescifrables que, parece, tienen que ver con felaciones y ese tipo de prácticas tan habituales en su gremio. Sospecho que, a veces, no únicamente de manera figurada. A mí mismo me citó esta semana un hijo de empresario en su oficina para darme un pase de prensa y, bien conchabado con su sicariete de felaciones con los medios -antes relaciones-, para invitarme a deglutir su esmegma en lugar de informar con mayor o menor acierto sobre aquello que acontece. Siempre, obvio, con toda la veracidad por delante y con el trabajo bien hecho. Términos, estos, que les son del todo ajenos. Sirvan estas líneas para conocer cuál fue mi reacción. Si los toros se acaban, en mi mesa habrá pan. Por eso, la única muesca en mis rodillas es fruto de un ligamento rebelde y no de una súplica mamatorial, tan habitual en este depauperado entorno de adictos al sobe, porque ya ni sobre.
Y ver a unos hacerle el fuck you a sus abonados y a otros tratar de intimidar a la prensa libre es un ejemplo perfecto de cómo conciben la industria y de qué manera se trabaja en ella. No son dos casos aislados sino la muestra conductual del entramado empresarial que rige la tauromaquia. La sutil diferencia es que antaño había una masa crítica en cantidad y, sobre todo, en calidad. Tomar por tontos a los paganinis era mucho más complicado y la dependencia de ellos era elevadísima. Coincidimos muchos aficionados en que vivimos una época nefasta en los toros, con el inmovilismo asentado en la cúspide del escalafón, que carece por completo de talento, y con una casta empresarial inoperante y en busca del ‘aura’ perdida. Hay más verdad en una batalla por conseguir farmearla que en esa especie de pachangas taurinas que montan, con sus toreros y sus toritos bien pertrechados para que no haya que ejercer más violencia sobre el espectador que la simple visión del espectáculo. Miré el eclipse solar sin gafas y mi retina me dijo que mucho peor para ella es ir a los toros.
Y ahí está el verdadero problema y el cambio de paradigma que acabará con este negocio. Esos esperpentos que montan en todas las grandes ferias concitan cada vez a más espectadores. Eso les da la razón para seguir haciendo cortes de mangas y para tratar de amedrentar a los que quieren ir sin pagar a no trabajar. La acreditación de prensa no es ya un salvoconducto para poder informar de un espectáculo noticiable sino el pago en especie por el servilismo de cada vez más advenedizos. Las vacas sagradas ya sabemos que siguen dando leche, que no es lo mismo que dar leches.
Plazas llenas de simpatizantes y medios al dictado para convencer a dichos simpatizantes. Mismos carteles y nula renovación. Es exactamente lo que buscan. Si no hay aficionados, nadie reclamará la pureza del espectáculo, que a veces no es tan rentable. Solo Madrid, y únicamente por la extensión de su temporada, se permite el lujo de guardar algún que otro detalle de otros tiempos. A Christian Parejo le ha servido torear como no ha toreado ninguna figura del toreo en Las Ventas en cerca de una década. Sobre todo, porque delante tenía un toro y no un colaborador rasurado.
Creo firmemente que es una batalla perdida y que difícilmente se recuperará de esta el toreo. Culpar a los jóvenes no es siempre acertado. Más daño hacen los que, con la edad del asustaviejas que insulta a sus abonados allí donde hace 41 años cayó un torero al que hoy tendrían que poner en la Conference League de Chenel, se ponen las botas cada vez que van a los toros y atacan al aficionado en pos de sus anhelos de triunfos etílicos. Estos últimos son mayoría y son los favoritos del sistema. Son los fáciles. Pagan lo que haga falta y todo les parece bien. Son los mejores embajadores de su nula gestión y los que, ahora, les pagan ese pan. Llegado el momento, se enfrentan al aficionado y les hacen el trabajo sucio a los cobardes productores. En Madrid se está cociendo una reyerta y no tardaremos mucho en verla. Culparán a los abonados, igual que ahora culpan a los ceutíes de ser invadidos. Y siempre tendrán a sus santaolallos para blanquear el ataque contra la AFICIÓN. Con mayúsculas.
Los empresarios taurinos, en definitiva, lo tienen más fácil que nunca para ganar dinero sin trabajar. Y eso hace que proliferen personajes ágrafos como los que hoy mandan. ¿Por qué creen que Morante está anunciado hasta en el bombero torero? Existe un pacto de conformidad para que el sevillano aparezca en todos los carteles y en todas las ferias y así se puedan vender más entradas y más abonos. Si luego no va, cosa que se contempla en esos acuerdos empresariales, el que monta el festejo traerá a otro torero mucho más barato y no sufrirá en absoluto la devolución de entradas. Estos invasores que han colapsado las plazas de toros pueden venir atraídos por Morante, pero se quedan por cualquiera. Y si Morante está mal le insultan y le dicen, después de ver al tuercebotas de turno: «Aprende, Tunante». Alguno incluso dice que no tiene técnica, con el mismo olfato que para amenazar periodistas.

